En el verano de 2019, un promotor independiente organizó sin apoyo institucional un festival en la playa de San Diego que reunió a 20,000 personas y fue reconocido nacionalmente. No ganó dinero, tuvo deudas por dos años, y la ciudad nunca le volvió a dar el permiso para repetirlo. Hoy, siete años después, habla sobre cómo el sistema protege los grandes festivales corporativos y destruye sistemáticamente a los creadores independientes que construyen cultura auténtica.