Cuando los Chargers jugaban en casa, el nightlife del downtown San Diego sufría un efecto paradójico: los fans llenaban los bares antes del juego y algunos después, pero los clubs de música y vida nocturna perdían hasta el 70% de sus clientes habituales que no querían competir con la muchedumbre deportiva. Con el nuevo estadio y el regreso del fútbol americano a San Diego, el debate sobre cómo equilibrar el ecosistema de entretenimiento está más vigente que nunca.